Pasaron incontables lunas desde la última vez que saqué un dedo de la pecera,
y con esmero me percato de lo turbio que se ha vuelto el cristal;
un marrón encarnado, aferrado a cegarme, alejarme de mi yo pasado y pesado,
mi yo coleccionista de miradas lejanas pintadas en letras quebradas,
mi yo curioso, mi yo activo y pasivo, mi yo más que yo...
Dejándome sólo rascar, raspar y, sin dejar de silbar, sangrar.
Viejas y nuevas heridas, letras anticuadas, más prosa que verso, más cuento que canto.
Observando sin añadiduras, regalando sin envolturas,
aflojando tuercas que rigen las mentes cuerdas,
anudando las líneas rectas, tomando libres contra cuotas.
Confundiendo palabras.
El polvo que libera limar los barrotes, las chispas que avivan encerar el estante;
paño a paño, gota a gota, cicatriz tras cicatriz,
se va formando el reflejo que desata el frotar el cristal marrón...
¿De quién es esa sombra?
¿De quién son estos dientes?...